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- 08 nov
COP26: los límites de la frustración (y de ciertos liderazgos)
¿Recuerdan un programa de TVE que se tituló Tengo una pregunta para usted, señor presidente? El formato ya se había probado con éxito en otros países y consistía en hacer como que el jefe del Ejecutivo bajaba “a pie e calle” para rendir cuentas ante ciudadanos anónimos. Tras él (y los buenos datos de audiencia) vendrían otros líderes. Aunque todos iban allí con mucha precaución. Querían proyectar la imagen de políticos que no temían someterse a las preguntas de sus administrados, pero eran conscientes de los riesgos que implicaba un directo con aluvión de preguntas. En cualquier momento podía saltar la sorpresa y una mala respuesta sobre el precio de un café podía dejar en evidencia al político de turno. Eso exactamente le pasó a José Luís Rodríguez Zapatero. Buscó mostrarse cercano, pero al decir que un café costaba ochenta céntimos pareció marciano.
Les ha pasado algo similar a los líderes mundiales desplegados en Glasgow con motivo de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP26). La gran diferencia es que ellos, a estas alturas de la película, ya no podían ahorrarse esta cita ante la opinión pública mundial. No podían no ir a ese plató. Pero claramente les une a aquella experiencia televisiva de hace años el riesgo a que han sometido lo más preciado y a la vez lo más frágil que tiene un político: la credibilidad.
En los tiempos hiperacelerados que vivimos, en una era de turbopolítica, el contraste entre lo que los líderes prometen y lo que hacen es más inmediato. Por tanto, de existir, antes se ve la trampa, la simulación, el postureo. Si a eso le sumamos una política que para llegar a impactar en la dispersa atención de la ciudadanía debe elevar los decibelios de sus promesas, vemos retratada ante cumbres como la de Glasgow una de las principales causas de desafección política de nuestros tiempos.
Demasiados ciudadanos frustrados, muy rápidamente, constantemente, y de forma exagerada. Es lo que tiene, la generación de expectativas exageradas que se frustran al poco tiempo y de forma flagrante. Y ahí es cuando la credibilidad cae en picado, al faltar en los liderazgos la gran fuente que la abastece: la coherencia, es decir, la correspondencia entre lo que dices que haces y lo que haces. La correlación diáfana entre lo que dices que eres y lo que la gente puede comprobar que eres.
Las reglas de juego en esta partida son duras, pero los políticos que han llegado a lo más alto en teoría saben moverse en este terreno resbaladizo. ¿Vivimos en un ecosistema social y mediático que hace de la anécdota categoría y que se entretiene con lo llamativo y con imágenes que nos han dicho que valen más que mil palabras? Sin duda. Vale para un líder que quiere ir de cercano y no sabe ni lo que vale un café. Vale para un presidente de los Estados Unidos que asume compromisos importantes y que da discursos contundentes contra el cambio climático allí donde su predecesor nunca hubiese ido, pero que a la vez se duerme cuando otros asistentes intervienen en la cumbre contra el clima o que va a ella con un convoy de coches contaminantes que acaba siendo noticia.
Joe Biden es un claro ejemplo de los riesgos que corren los liderazgos políticos del presente al no ajustar lo suficiente sus promesas y su acción a todos los niveles. Ha protagonizado la mayor y más rápida caída de popularidad de un presidente en su país. Y es que, fue tan grande la expectativa generada en cuanto al cambio que supondría el simple relevo de Donald Trump al frente del Despacho Oval, que el batacazo ha sido de escándalo. Ahí pesan las divisiones internas de los demócratas, la costosa gestión del día a día postpandémico y, sobre todo, los límites del liderazgo institucional y político de un presidente que accedió al cargo más por deméritos del adversario que por méritos propios.
Pero no todos los líderes mundiales son Biden. Ni él está irremediablemente abocado al fracaso en su gestión en general y en la climática en particular. La COP26, a parte de los necesarios réditos que debería dar en la lucha contra el cambio climático, también puede ser un buen marcador de los límites de la frustración a la que los líderes mundiales pueden seguir sometiendo a sus ciudadanos con respecto a este gran reto. Puede servir para eso y, a la vez, para mostrar aún más a las claras los límites de ciertos liderazgos políticos. Y, a partir de ahí, para ayudar a algún tipo de reacción, claro.
Ni Rusia ni China ni Turquía han estado representados al más alto nivel en la COP26. Eso retrata a unos liderazgos políticos, a sus países, a sus sociedades. Los que sí que han jugado la partida con sus líderes al frente merecen como recompensa, mínimo, que sus gobernantes acompañen fotos y discursos con acción alineada en coherencia. O eso, o que de lo contrario sean castigados electoralmente y que se premie a otros liderazgos preparados para la acción que la sostenibilidad de la Tierra reclama. Ambos escenarios podrían redundar en positivo en el clima del planeta y en el que acompaña a una demasiado contaminada relación entre ciudadanos y políticos, a lo largo y ancho del globo.
(Artículo para la UPF Barcelona School of Management)