Demasiada mala leche

  • Demasiada mala leche

    Bonvehi

    Demasiada mala leche reconcentrada, y mal canalizada. ¿Dónde? En el catalanismo. ¿Y más concretamente? En el soberanismo. ¿Y más específicamente aún? Entre los independentistas. De hecho, el mundo de los opinadores y la red, demasiado a menudo es un reflejo sobre todo de la esfera política más que de la sociedad de base, es una buena muestra de ello. Lo he visto claro estos días de teórica calma santa, con el hervor mediático y su plasmación en la red, al pelo de las polisémicas palabras de David Bonvehí en una cena en principio privada, y ante la atacada reacción de sus teóricos compañeros de viaje hacia Ítaca, y también ante la rarísima reacción del Partido Demócrata, llevando el asunto a la fiscalía. Un buen indicador de cómo con demasiada frecuencia, en esto que hemos llamado “el proceso”, la mala leche se impone a la ilusión, en el campo independentista. El unionismo, por su parte, sorprende por su buenrollismo interno. Ellos habrán entendido algo que los otros no acaban de pillar.

    Lo noto en la relación y en el talante de compañeros de los medios de comunicación. Por ejemplo, los opinadores unionistas y sus medios de comunicación han asumido el reto que tienen ante sí con una profundización de las relaciones personales, incluso entre individuos en principio antagónicos hasta ahora. Hacen piña. Pro-socialistas con pro-populares, pro-Ciudadanos con viejos militantes de la extrema izquierda. De forma gradual, desde que comenzó “el proceso”, han ido estableciendo un punto importante de calor, de compañerismo, e incluso de asociación en los ámbitos personal, profesional, empresarial y corporativo. Personajes de muy diverso pelaje montan comidas y grupos de whatsapp que generan entre ellos un buen ambiente ante el adversario común. Por el contrario, aquellos que teóricamente deberían estar remando en una misma dirección para construir, en un momento extraordinario y ante un reto titánico, eso sí, de la manera más honesta posible pero entendiendo que el contexto tiene su trascendencia, casi siempre hacen lo contrario. Como ocurre también en la arena política, y al igual como lo vemos en el mundo que se expresa en redes como Twitter. Entre independentistas, a la mínima sale el instinto y la mala leche emerge.

    Los recelos, las desconfianzas, aquel estar a la que salta y aquel no construir puentes y proyectos en común son los de siempre. Existe como una permanente tensión (muy poco creativa) donde el mal ambiente de fondo se palpa, y en la que hay una pequeña prueba de estrés a la teórica legislatura del “ahora es el momento”, emerge la cruda realidad: esta pulsión fratricida y desagradable que ha sido un tradicional freno del catalanismo en general, y en los últimos tiempos del independentismo en particular.

    Las encuestas, sin embargo, son tozudas e insisten en apuntar que en Cataluña hay una mayoría social que quiere que la ciudadanía pueda votar. Incluso los medios más escépticos con “el proceso” no pueden evitar de proyectar, en unos momentos tan deprimentes políticamente (por el espectáculo que ofrecen los protagonistas del patio), que la gente, de votar, podría hacer ganar el ‘ sí ‘a la independencia. Con todo, al frente de las instituciones, de los medios y de los internautas más movilizados, el espíritu del ejército de Pancho Villa sigue reinando. Un proceder demasiado poco constructivo a la hora de la verdad, como obligado a mostrar una unidad que hace toda la fila de ser de cartón-piedra. Y luego se preguntarán cómo es que hay gente que no acaba de apostar por construir un país nuevo, y que aún duda. ¿Por qué duda? Porque le dan razones para hacerlo. Pero ten que al final no les coja un ataque de lucidez, se repiensen y se pongan a sumar. Los de la mala leche, quiero decir.

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