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- 13 abr
Necesitaremos una Thatcher
Hace muchos años, tantos que ya ni me acuerdo, servidor iba a clases de inglés en una academia muy cercana a mi escuela. Era evidente que lo que me impartían en horas lectivas no era suficiente. Y no entraré ahora en detalles sobre si aquello era cosa del sistema de enseñanza de la tercera lengua o si era cosa de servidor y de su capacidad limitada. El caso: a la academia que me iba de cabeza un par de veces a la semana.
Y ya saben que las criaturas a ciertas edades tienen un punto de malicia cruel a la vez que nada razonada. Las burlas a colación de los profesores guiris eran del todo inevitables y las perpetrábamos en voz bajita con los compañeros, muchos de ellos de escuela, lo que proyecta una sombra de duda sobre el sistema de enseñanza de la tercera lengua -y lo dejo aquí sobre la mesa sin entrar en detalles-. Pero a barraca: teníamos la teoría de que la mayoría de aquellos profesores eran una comunidad de represaliados del thatcherismo (sí, ya estábamos enfermos de la cosa política), y un buen día, cuando mi tutora me pide (en el marco de un ejercicio de lengua) quien querría ser en caso de reencarnarme en mujer, servidor no lo duda ni un momento y contesta en voz alta: “¡Margaret Thatcher!”. Pensaba que la perdíamos, a la pobre tutora.
Valga esta entrañable anécdota como modesto homenaje a La Dama de Hierro, que nos ha dejado, ya que con el tiempo la conocí mejor, con sus luces y sombras. Porque de eso tienen todos los grandes líderes, los decisivos, los de verdad, los que arriesgan, no los que no se atreven ni con una rueda de prensa. Estos últimos solo tienen y proyectan sombra, oscuridad.
Les recomiendo mucho la autobiografía de Margaret. Me la regalaron y la leí en español: Margaret Thatcher. Los años en Downing Street. Impagable. Política en estado puro. Al igual que las memorias Kill the Messenger (“Matar al mensajero”, con ironia brit total) de Bernard Inham, quien fue gran spin doctor suyo, jefe de prensa de Thatcher en el 10 de Downing Street.
De todo lo que he leído, de uno y de la otra, hoy hago solo una cita (de ella): “Cada regulación es una restricción de la libertad, cada regulación tiene un coste”. Me ha venido a la memoria al ver cómo el Tribunal Superior de Justicia de Catalunya vuelve a atacar el catalán con las tablas de la ley española como punta de lanza. Porque sí, una Catalunya separada de España deberá tener un sistema judicial que no se meta en las aulas y que no exponga ninguna criatura a hacer cambiar de lengua de expresión al resto de clase. Las leyes justas, que no nos atenacen, que no nos sometan a escarnio. Y con líderes de verdad y políticos con decisión que sepan hacerlas al servicio del pueblo. Miren si pido poco al futuro estado catalán. Con esto me conformaría. Y tengo claro que ahora no podrá ser, porque España es como es, tiene el no-liderazgo político que tiene y la gobierna un liberalismo político que va de thatcherista pero que de eso, como de tantas otras cosas, no sabe nada.
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