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- 02 jun
¿Christiania en Barcelona?
Hay mucha gente indignada, en este país. Razones no les faltan. Pero la mayoría no necesita montar una tienda de campaña en la Plaza Cataluña ni en ninguna parte para sentirse así. Conozco a unos cuantos que participaron el 15M de aquel golpe de efecto interesante. Y a estas alturas, muchos de ellos ya han visto claro el peligro de degradación de la protesta. Han captado claramente el riesgo de romper en muy poco tiempo la corriente de empatía que generó el grito de alerta que todos hemos podido escuchar y que los más interpelados no tendrían que poder ignorar ahora con la excusa de una caricatura de sentada que ya no representa más que a unos pocos.
Hace unos meses viajé a Copenhague, ciudad de bicis, capital de Dinamarca. Y allí me pateé el que me habían descrito como “un país dentro de otro país”. Se llama Christiania. La fundó un periodista –dice la leyenda– en 1971, cuando promovió la ocupación de un espacio que había sido militar. Y allí se quedaron él y unos centenares de personas que decidieron instaurar un espacio al margen de las normas “convencionales” de convivencia. Tienen incluso su propia moneda, el Lol. Y en teoría aquello es una comunidad donde la propiedad es compartida y el trabajo comunitario. Pero nada de todo esto luce ya, si es que alguna vez lo hizo, que bien podría haber sido el caso.
Tienen su propio mercado de hachís, y la policía va haciendo redadas, pero tal cual acaba la visita policial se vuelven a montar los tenderetes y aquí no ha pasado nada. Los turistas se abalanzan cómo si lo hicieran en un zoo. Y las autoridades danesas lo saben pero hacen como que no ven. Los toleran. No les suponen un estorbo y a cambio se sienten ciudad mega-progre. En su día justificaron el asentamiento, al más puro estilo Mercedes Milà con Gran Hermano, como “experimento sociológico”. Claro que ellos no los tienen en medio de la capital, sino en un islote aparte. Todo muy aseado y sostenible. Pero en realidad, crepuscular. Este espacio como mínimo. Un gueto. Una reserva sioux con el mismo sentido que estos apartheids a la americana: ninguno.
Esta fue la deprimente visión que me transmitió aquel rincón de mundo, con un predominio de la estética okupa entre unos “alter ciudadanos” que en la mayoría de los casos se veían muy perjudicados por el paso de los años, como anclados en un momento que si fue ya hace mucho tiempo que dejó de tener sentido. Caricatura, desfase, fracaso.
Nada de esto es lo que tendría que ser el espíritu del 15M. Hace falta indignación, pero si esta no mueve a la acción no suma. Si este estado de revuelta interna se detiene, incluso físicamente en un espacio concreto durante mucho tiempo, la contradicción estará servida. La excusa para no ser escuchados se habrá puesto en bandeja, y la identificación de miles de ciudadanos impactados en un primer momento irá desfalleciendo. La acritud se irá extendiendo entre los “resistentes” y su permeabilidad al cambio, al movimiento, a la crítica, se irá enquistando. Estos días, en la red misma, ya se perciben síntomas de esta deriva. Algunos, críticos con todo, no saben metabolizar la crítica, la disensión, y caen en la descalificación al primer reproche. Y esto indigna, pero a la inversa. Como Christiania.
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